Esta mañana, José iba al trabajo como todos los días. El frío
mañanero y un poco menos de gente en el metro le indicaban la inefable
proximidad del 24 de Diciembre. Se detuvo donde siempre a comprar el
desayuno habitual: dos empanadas y un jugo. Y llegó como siempre a la
mesa del comedor de la oficina donde, como todos los días, desayunaba.
El desayuno no le supo tan bien, quizás producto de una gripe de
esas que él llama yo-yo, y que regresa cada cuatro o cinco días segun
sus propios cálculos. Al mal paso darle prisa, asi que devoró las
empanadas y el jugo sin siquiera disfrutarlos, casi como un autómata.
Comprimió las bolsas donde estaban las empanadas en un movimiento de
manos hasta que se hicieron una sola pelota de papel y plástico, luego
volteó su silla y dirigió la mirada al pote de la basura. Gris,
rectangular, delgado y a tres metros de distancia, retaba a cualquiera
que, como José, haya jugado baloncesto en alguna oportunidad. José tomo
las bolsas -ahora pelota- en sus manos, y pasándolas por sobre su
cabeza hizo el lanzamiento. Las bolsas hicieron un arco perfecto y
entraron en el pote.
Es bueno saber que no se ha perdido el tiro, pero, ¿y si fué un
golpe de suerte?. Tomó el envase de cartón - huesos de lo que un día un
jugo fué - y con el mismo movimiento lo lanzó. El cartón, directo y sin
preguntar, entró perfecta y sonoramente. José se sentía con suerte. Ya
dos de dos era bastante, así que su suerte debería acabarse dentro de
poco. Tomó un sobre de correspondencia bancaria y lo lanzó. Unos
cubiertos de plástico y un envase vacío de agua mineral le siguieron.
Todos sin excepción entraron.
José estuvo capcioso por unos instantes. Ni en sus mejores tiempos,
y por muy bueno que fuera su baloncesto, hubiese logrado tal cantidad
de aciertos consecutivos. Pensó un rato si el pote de la basura sería
una especie de "agujero negro" tragando todo en sus cercanías. Así que
se acercó, y dejó caer un papel apuntando al lado del pote, jugando a
fallar. El papel cayó al piso.
Mas tranquilo, recogió el papel y se sentó de nuevo en su puesto,
con la certeza de que fallaría el próximo lanzamiento. Para su asombro,
el papel lanzado recorrió la misma ruta que los objetos anteriores.
Inquieto, tomó un cd entre dos de sus dedos, lo lanzó sin siquiera
apuntar. También entró. Un libro de bases de datos, un marcador, una
caja de cd, una engrapadora y un vaso desechable de plástico. Todos,
sin importar peso o volumen, entraron.
Miró a su alrededor, maldiciendo las leyes de la fisica, pero en
especial a la desconocida ley que estaba operando esta especie de
milagro. Encontró un teclado de computadora dañado, se ubicó a cuatro
metros de distancia, y lo lanzó. Con el ruido generado se acercaron los
compañeros de oficina a preguntar que pasaba y a preguntar porqué había
tirado ese teclado en el pote de la basura. José no supo que contestar,
sólo les pidió que vieran lo que tenía pensado hacer. Tomó una hoja, la
arrugó y la lanzó al pote.
Ni siquiera golpeó al pote de la basura. Pegó de la pared y rodó de vuelta hacia donde José estaba.
Arriba, Diós decidió descansar, luego de haber jugado un rato con un mortal para sacarse el aburrimiento.